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Quién soy y por qué escribo

Mi abuelo paterno, a quien no conocí porque murió un mes antes de mi nacimiento, era ebanista. Construía muebles de gran calidad con molduras y formas extraordinarias. A veces le salían más sobrios o con florituras, pero siempre llevaban el sello de su elegancia. Durante la Guerra Civil se dedicó a salvar personas: al vivir en el centro de la ciudad y conocerlo bastante bien, durante los bombardeos acompañaba a la gente a los refugios subterráneos. Había uno justo enfrente de nuestra casa, en la plaza Des Banc de S’oli. Una vez perdió a uno de sus tres hijos entre la multitud que corría alborotada. Más tarde, se dedicó a criarles y educarles y, finalmente, aún joven, murió de un ataque de corazón en el campo de fútbol del Mallorca. Mi abuelo, a quien no estuve a tiempo de conocer, fue una persona que hizo cosas importantes.

Palma, 1966. Filóloga i escritora

Podría contar más historias de otros miembros de mi familia, o de vecinos y conocidos. Cualquier vida es digna de ser explicada. Todo el mundo debería poder decir quién es y por qué hace lo que hace. Escribir no es nada especial. Mi abuelo juntaba piezas de madera de talla perfecta para construir aparadores o sillas o mesas. Jo junto palabras para construir historias o para expresar mis pensamientos. Esto es todo lo que hago. No sé si con ello me gano el derecho de aparecer en algún diccionario. Empecé a hacerlo casi como un juego. Siempre he preferido jugar antes que cualquier otra cosa. I por esto el juego dura aún. Esto sí: si juego, juego con todos los sentidos, con todas mis fuerzas. No es solo para pasar el rato. Hay jugadores que consiguen ganarse la vida con las cartas; yo nunca lo he conseguido con mis historias. Hay jugadores que enferman si no juegan; a mi tampoco me sube la fiebre si lo dejo. Soy capaz de alejar de mi la tentación (y aunque el gusanillo no desaparece, lo aguanto como se aguantan esos males crónicos a los que dejas de hacer caso con la edad). En cuanto a los jugadores que adoran el juego, yo, que no fui enamoradiza ni cuando era joven, también sé guardar el amor para ciertas cosas: en ocasiones he tocado el cielo con las palabras. Pero creo sinceramente que esto no es nada comparado con dar la mano a alguien y acompañarle a un refugio para que no quede deshecho tras un estallido. La vida, que es injusta, se ocupa de los que contamos las cosas en lugar de ocuparse de los que las hacen. Pero –i quizás ello le otorga algo de justicia–, también se encarga de que no podemos evitar contarlas. I así vivimos. Más sobriamente o con florituras. Da igual. Así vivimos.


Han dicho...

En su literatura –ordenada, sencilla, asequible, pero intensa a la vez– el componente autobiográfico tiene un peso esencial, decisivo. En lugar de seguir las directrices de Hamlet y sostener el espejo frente a la naturaleza para ver qué se refleja, Canyelles, a propósito o no, se ha mantenido fiel a su carácter –“només visc en un exili interior” (p. 127)– y ha utilizado el espejo para reflejar en él su propia imagen, apenas algo camuflada: “Havia aconseguit romandre oculta rere la pantalla de l’ordinador” (pág. 104).

A menudo se ha afirmado que, de un modo u otro, la mayoría de autores suelen escribir el mismo libro una y otra vez; la autora mallorquina va algo más allá y, consciente o inconscientemente “Quines màscares del jo hi ha en els meus relats? (p. 173)–, escribe una y otra vez el mismo libro con el mismo personaje. Afortunadamente, consigue trascenderse mediante la literatura y convertir lo que debería ser estrictamente individual en general, en el paradigma del (mal) vivir de toda una generación de mujeres: “vtornem a pensar per què ens hem obstinat a fer alguna cosa inútil durant tots els anys de la nostra existència” (p. 67).

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