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Mercè Rodoreda

Mercè Rodoreda, los frutos del exilio

Mercè Ibarz

Las novelas de Mercè Rodoreda son las grandes novelas de la literatura catalana moderna. Como sucedió con todos los autores de su generación, la obra de Rodoreda está marcada por la guerra civil española una guerra que rompe vidas, amores y familias y que conduce al desarraigo (el exilio para muchos), la infelicidad y la destrucción. Pero pronto, se entrevé un rayo de esperanza el simbolismo de las flores y las joyas. La obra de Rodoreda es también una reflexión sobre la feminidad y el amor.

La obra de Mercè Rodoreda (Barcelona, 1908 - Romanyà de la Selva, 1983) atraviesa los puntos cardinales de la literatura moderna occidental, que se hace contemporánea a partir de la experiencia de la guerra y, muy en particular, del exilio. La experiencia del exilio amplía los límites del realismo literario, que de ningún modo son suficientes para leer a Rodoreda, para compartir la memoria del mundo desde el que nos hablan sus libros, sus personajes. Nacida con el cine, como a tantos de sus coetáneos les gustaba decir (Pere Quart, Rafael Alberti), Rodoreda es una escritora autodidacta formada con la poesía popular y patriótica de las obras emblemáticas de Verdaguer y Ruyra, la literatura de quiosco y, posteriormente, el periodismo, que le permitirá conocer a las élites de la literatura en catalán de los años treinta. A partir de la guerra civil española (Aloma, su primera gran novela, es de 1938) y, sobre todo, de la experiencia de la Segunda Guerra Mundial y el exilio, conseguirá dar forma a su proyecto, que se cuenta entre los de mayor ambición literaria de la literatura catalana del siglo xx y entre los legados más significativos de la Europa contemporánea. El resultado de la vivencia y la experimentación, en definitiva, de la fragmentación.

De la cultura popular a la ampliación y modelación de las posibilidades literarias de una lengua sin tradición narrativa moderna, de la novela de género o de moda (las cuatro primeras que publicó) a la construcción de un fresco coherente, complejo, nada complaciente, y progresivamente abstracto y mítico sobre las pequeñas vidas del siglo xx violentadas por la guerra y las tinieblas del amor -mosaico donde sobresalen, además de sus novelas más conocidas, sus cuentos y, en particular, la novela póstuma La mort i la primavera [La Muerte y la primavera](1986)-, la obra de Mercè Rodoreda tendría que leerse como el fruto más delicado, más sabroso, como diría su amigo y mentor en la expatriación Josep Carner, que su exilio nos ha dejado en herencia.

La Chica de Sant Gervasi

Cuando Mercè Rodoreda nace el 10 de octubre de 1908, Sant Gervasi de Cassoles era un barrio barcelonés que sólo hace quince años que la capital se ha anexionado. Barcelona es una ciudad conmocionada, donde los anarquistas y los matones de la patronal se disputan las calles, Gaudí tiene a medio hacer lo que hoy conocemos como el Parque Güell (uno de los escenarios futuros de La plaça del Diamant) [La plaza del Diamante], falta poco para la Semana Trágica (1909) y, a grandes rasgos, la vida cultural se debate entre la propuesta modernista, que pronto será liquidada, y la vuelta al orden que supondrá la forma poliédrica del noucentisme. Un debate cultural intenso que incluirá a las diversas capas de la sociedad catalana y que, en los años siguientes, adquirirá una fisonomía nueva, tanto por las vías que conducirán al autogobierno como por los impulsos de transformación social: los más radicales de las clases populares (anarquismo, ateneísmo, formación de los autodidactas) y los de la modernización de la sociedad de comunicación de masas (diarios, revistas, radio, cine, diccionario de Fabra, novelas, editoriales, artes gráficas, fotografía).

La biografía y la obra de Rodoreda están profundamente ligadas a los acontecimientos culturales y políticos. Sólo asistió a la escuela durante tres años, entre 1915 y 1918, y en dos centros diferentes. Hija única de un dependiente de una armería en la céntrica calle de Ferran y de un ama de casa, su destino parecía el matrimonio. Mercè, una niña solitaria que escribía escuchando y transcribiendo los diálogos de los albañiles que trabajaban en el jardín, según ha dejado escrito en un breve esbozo de memorias, cumplió el destino familiar a los veinte años. Se casó con el hermano de su madre, que había emigrado a Buenos Aires que a menudo contribuía a la economía familiar de su hermana. Joan Gurguí era diecisiete años mayor que ella. De la unión, nació un hijo al año siguiente (1929). La vida de casada despertó en la joven madre un deseo cada vez más fuerte de independencia, de escribir, de tener un oficio. Todos los días vuelve un rato a la casa materna de la calle Manuel Angelon, donde se encierra a escribir en el palomar (un palomar de color azul, como el de La plaça del Diamant). Escribe versos, una comedia teatral, de la que no ha quedado rastro, una novela. Mientras tanto, se proclama la Segunda República. Y como si ese mismo ímpetu de libertad se la llevara (como a Aloma, que baja de Sant Gervasi a las Ramblas, para ver qué novedades hay en la ciudad y dónde puede comprar la novela que tiene que leer a escondidas, Una mena d'amor, de C. A. Jordana), Rodoreda se decide también a salir del barrio. Se va a la editorial Catalònia y se paga (su marido, de hecho) la edición de su primera novela Sóc una dona honrada? [¿Soy una mujer honrada?] La chica de Sant Gervasi ha dado el paso decisivo. La publicación de la novela va acompañada de una formidable transformación personal y estos dos hechos hacen de la joven Rodoreda uno de los modelos más interesantes de la catalana de los años treinta: avispada, atrevida, desenvuelta, ella misma se hace la ropa al dictado de las revistas y el cine. Y empieza a entrar en las redacciones de los periódicos.

El periodismo, la revolución, la guerra

Un retrato de Rodoreda joven se encuentra en la novela de Anna Murià Aquest serà el principi (1986), sutil novela sobre el exilio entendido como final de una época y como principio de todo, no ya de otra época, sino de lo que la generación de estas dos escritoras podrá llegar a hacer, tanto vital como creativamente. Es una generación que tenía mucho por hacer cuando empezó la guerra o, como Rodoreda dijo siempre, cuando empezó la revolución. A esta generación pertenecían también, y el libro de Murià los incorpora, Agustí Bartra y Pere Calders. Mercè es en la novela Berta, una periodista. Entre 1933 y 1934 Rodoreda hace periodismo político. Escribe en la revista catalanista Clarisme, defensora de las nuevas normas gramaticales de Fabra y partidaria de un debate profundo sobre los límites del autogobierno. Con el director de la publicación, Delfí Dalmau, firma el libro Polèmica [Polémica] (1934). En la misma revista publica las interesantes entrevistas que hizo a literatos del momento. También en 1934 publica otras dos novelas, Del que hom no pot fugir[De lo que no se puede huir] y Un dia en la vida d'un home [Un día en la vida de un hombre]. Se le abren puertas y en 1935 empieza a publicar cuentos en la página infantil de La Publicitat, titulada "Una estona amb els infants", donde trabaja con el dibujante Tísner. También publica cuentos en otras reconocidas cabeceras de la prensa en catalán: La Revista, La Veu de Catalunya, Mirador. En 1936 publica su cuarta novela, Crim [Crimen].

La guerra lo trastoca todo. Y para Rodoreda será el inicio de su verdadero yo narrativo, el de Aloma. Es ésta una novela de inspiración autobiográfica que la autora reescribirá radicalmente treinta años más tarde. La versión que hoy conocemos (1969) es una amputación, sin contemplaciones, de detalles y gente de la época: la muñeca a la manera escandalosa y libre de la cantante y bailarina negra Josephine Baker; las conversaciones agudas del escritor que tanto se parece a Trabal y que fascinan a Aloma... Y es, sobre todo, y lo es muy significativamente para entender el papel del exilio en la obra rodorediana, un ejercicio antinostálgico. Con la censura de su juventud, la autora parece advertir que aquella época de preguerra contenía, junto con la semilla de la revolución, la llama persistente de la condena de la libertad personal y de la destrucción de la moral libre que el caso de Rodoreda, por su condición de mujer, es buen ejemplo, pues sufrió censura por sus amores extramatrimoniales con Armand Obiols. Pocas veces un escritor está tan dispuesto a mutilar el recuerdo y la creación (la primera Aloma tenía unas virtudes que la autora aniquila) a fin de rescatar lo patético.

El exilio, la literatura, la pintura

Si la reescritura de Aloma en 1968 puede entenderse como uno de los frutos del exilio de Rodoreda, un fruto del que todavía no se han extraído ni la pulpa ni el jugo, es porque forma parte de un proyecto literario. Un proyecto en el que Rodoreda se comprometió de manera radical. Aparentemente, la novela que le dio fama, La plaça del Diamant (1962), no tiene nada que ver con el exilio, porque Colometa forma parte, precisamente, de la masa anónima que no se exilió. Sin embargo, la novela fue el resultado de las experiencias vitales, intelectuales, políticas y de aprendizaje literario que Mercè Rodoreda hizo paso a paso. Primero en Francia y después en Suiza, en Ginebra. En Francia vivió en Burdeos, Limoges y París, ya fuera escribiendo cuentos en el tiempo que le quedaba entre coser una camisa y otra (se ganó la vida durante bastante tiempo como costurera), haciendo versos para enseñárselos a Carner y ganar los Jocs Florals del exilio (llegó a ser Mestre en Gai Saber en 1949 en Montevideo, lo cual quiere decir que había ganado tres premios de los Jocs Florals) o pintando cuando una extraña parálisis en el brazo le impedía escribir. Armand Obiols fue a menudo su único lector en unos años en que, como Rodoreda diría tiempo después a Montserrat Roig: "escribir en catalán en el extranjero es como querer que florezcan flores en el Polo norte".

En sus cuentos, y después en sus últimas obras -Viatges i flors [Viajes i flores] (1980), Quanta, quanta guerra... [Cuánta, cuánta guerra...] (1980), La mort i la primavera [La muerte y la primavera] (1986)-, aparece un abanico extraordinario de exiliados, soldados y gente desprotegida que hablan en tierra de nadie. Rodoreda utiliza mucho la primera persona, el monólogo en particular, pero es quizás en los cuentos donde esta fórmula confesional y discursiva es más profusa, expresión irrefrenable de esos personajes desvalidos que osan hablar. Sus tres recopilaciones fueron publicadas en 1958 (Vint-i-dos contes) [Ventidós cuentos], en 1967 (La meva Cristina i altres contes) [Mi Cristina y otros cuentos] y en 1978 (Semblava de seda i altres contes). ¿Desde dónde hablan los protagonistas? ¿Desde su país de origen? Desde donde la autora les dio voz: ¿Burdeos, París, Ginebra? Más bien, desde tierra de nadie.

El exilio atraviesa toda la obra rodorediana y le da sentido. Es obligado pensar en la Rodoreda que en los años cincuenta escribe en París y luego en Ginebra, donde se establece en 1954 y donde vivirá veinte años. Allí tenía entre manos, a la vez, las primeras versiones de lo que con el tiempo serán La plaça del Diamant (1962), Jardí vora el mar [Jardín a la orilla del río] (1967), Mirall trencat [Espejo roto] (1974), La mort i la primavera (1986). Las prosas de las Flors [Flores] fueron escritas en Ginebra y los Viatges, al cabo de los años, en Romanyà de la Selva, donde termina Mirall trencat, donde escribe entera Quanta, quanta guerra... (1980) y donde deja prácticamente acabada La mort i la primavera. Pero en los años cincuenta, Rodoreda optó por seguir avanzando con la Plaça en lugar de con la Mort. Es una opción literaria que le permitió usar el exilio como territorio de reconstrucción: reconstrucción de la memoria narrativa, reconstrucción del público lector. En los años setenta, muerto Obiols, vuelve definitivamente a Cataluña y emprende el rescate de su imaginación, más allá de las fronteras de los géneros literarios. Es la segunda gran etapa rodorediana, que culmina con la extraordinaria La mort i la primavera.

Si Rodoreda había elegido en los años cincuenta una opción que, en cierto modo, se puede considerar realista, en los años ochenta opta por la responsabilidad que el regreso, como territorio de la otra cara del exilio, le otorgaba si quería seguir haciendo uso de su libertad de creación. Un tipo de relación con la propia obra que recuerda a otros proyectos literarios contemporáneos, como el de la rusa Nina Berberova (1901-1993), el del italiano Italo Calvino (1923-1985) o el de la ucraniana-brasileña Clarice Lispector (1917-1978), tanto en aquello que los acerca -el tránsito por los géneros literarios y su transformación- como en aquello que los separa o que solucionan de manera diferente: el sentido dado al exilio y su plasmación literaria, o el exilio interior.

Mercè Rodoreda transformó el primer exilio haciendo uso, en el terreno personal, de la libertad de alterar el concepto de la familia y la maternidad, y, en el terreno creativo, puliendo y evitando las falsas ilusiones sobre el pasado. Y celebró el segundo exilio, en Romanyà, dándose la libertad creativa más radical de que era capaz sin pensar en el éxito, ella, una autora que tanto lo había deseado y que tanto tuvo.
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