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Santiago Rusiñol

Santiago Rusiñol

Margarida Casacuberta (Universitat de Girona)

Cuando Santiago Rusiñol i Prats (1861-1931) empezó a escribir, tenia veinte años, trabajaba en la empresa familiar y ocupaba parte de su tiempo libre pintando. Era, también, excursionista, y había empezado a coleccionar piezas de forja catalana antigua que localizaba en caseríos y ermitas aprovechando sus excursiones con la Associació d'Excursions Catalana. A una de estas excursiones corresponde el primer texto publicado de Santiago Rusiñol.


Corría el año 1881. Junto con otros miembros de l'Associació, Rusiñol hizo la ruta del Taga, Sant Joan de les Abadesses y Ripoll, acompañado de lápiz, pluma y papel. Debía escribir la crónica detallada de la excursión con el fin de dejar constancia en el boletín que editaba el centro. El texto, ilustrado con dibujos del natural hechos por él mismo, responde al más puro estilo romántico. La descripción del paisaje, la reflexión sobre el sentido de la historia y la admiración por la portalada casi en ruinas del monasterio de Ripoll son los ingredientes básicos de unas impresiones de tono elegíaco y patriótico que, en 1883, se repetirían entorno a un pretexto distinto, el castillo de Centelles.


Pero no todo era romanticismo y elegía en los primeros textos de Rusiñol. De igual modo que su pintura, progresivamente, fue evolucionando del paisajismo olotinista al gusto por los espacios sórdidos, su literatura pasó también por un momento de prurito naturalista. De un naturalismo sui generis, más cercano a la parodia que a la asunción de los presupuestos del movimiento, y vehiculado a través de unos textos realmente insólitos: las cartas emitidas a la que bien pronto sería su esposa, Lluïsa Denís. Escritas en castellano y destinadas a una lectora muy especial y particular, las cartas de Santiago Rusiñol a su prometida son, por encima de todo, literatura pura. Y el interés primordial de esta literatura se encuentra no tanto en la capacidad de Rusiñol para seguir el código convencional del género epistolar en su vertiente amorosa, sino, todo lo contrario, en la utilización deliberada de todos y cada uno de los tópicos del género desde la distancia irónica y con la consiguiente explicitación del código. La hipérbole sistemática determina los apelativos que el yo otorga a la amada, los lamentos por la separación forzada de los amantes y los impedimentos –reales o inventados, da igual– que interponen la familia y la sociedad en general a su felicidad. En contraste con el registro dramático, el enamorado aprovecha el espacio de la carta para narrar sus aventuras y las de sus amigos en un registro extremamente realista que puede llegar a transformarse en caricaturesco y, a partir de aquí, rozar el humor negro e incluso la escatología. Las cartas a su prometida son, por lo tanto, una especie de campo de pruebas de la literatura de Rusiñol. Quizás se conviertan en eso de forma indeliberada, pero creo que no debe olvidarse que, simultáneamente a la redacción de estas cartas, Rusiñol y sus amigos del Centre d'Aquarel·listes reivindicaban como espacio artístico alternativo al arte académico y oficial la pintura en tono menor, ni que militaban exponiendo dibujos, esbozos y pruebas. Por lo tanto, aunque las cartas no fueron escritas para ser publicadas, responden igualmente a una necesidad de experimentar con lenguajes distintos una nueva forma de entender las relaciones entre la realidad y la ficción.


Y es esta necesidad de experimentación lo que marca los primeros pasos firmes de Santiago Rusiñol en el campo de la literatura, unos pasos que coinciden significativamente con la decisión de convertir su afición al arte en una profesión, y de asumir con todas las consecuencias la figura del artista moderno, que significa, en última instancia, hacer de su propia existencia una obra de arte. Los primeros indicios de este proceso se sitúan entre 1887 y 1888, y coinciden con la muerte del abuelo del artista y patriarca de la familia, con la separación del matrimonio Rusiñol-Denís, y con el traslado del pintor a París. Estos hechos, pertenecientes a la vida privada de Santiago Rusiñol, quedan automáticamente integrados en la narración que explica y justifica la conducta del personaje. Esta narración, fragmentaria, en castellano, aparece publicada en las páginas de La Vanguardia, el diario más moderno de la Cataluña de la época. No se trata de una narración convencionalmente autobiográfica. El yo aparece no como protagonista, sino como punto de vista, como mirada que selecciona e interpreta la realidad, una mirada que corresponde, eso sí, a un ser extremamente sensible y a la vez extremamente lúcido y extremamente crítico. Es la mirada del Artista –con mayúscula–, la misma mirada que unifica las cartas al director que, ya instalado en París, Rusiñol envía desde Montmartre a La Vanguardia bajo el epígrafe común de Cartas desde el Molino (1890-1892). Con el Moulin de la Galette como leit-motiv, Rusiñol se convierte en cronista de la vida de bohemia, de los sacrificios de sus practicantes y de la fuerza acaparadora del ideal artístico. Todo a través de la distancia irónica, de lo agridulce, de las medias tintas y del tono menor que caracterizan a la literatura de Rusiñol de estos momentos.
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