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Josep M. Benet i Jornet

Quién soy y por qué escribo

Josep M. Benet i Jornet

Barcelona, 1940. Dramaturgo y guionista catalán

Josep M. Benet i Jornet es uno de los dramaturgos catalanes más importantes. Estrena con regularidad desde 1964, cuando ganó la primera edición del Premio Josep M. de Sagarra con su primera obra. Desde entonces ha escrito más de cuarenta piezas teatrales. También es guionista de televisión.

Mi abuelo, Josep Benet, era un humilde labrador de la comarca de les Borges Blanques, de los que colgaban el retrato de Macià en la cabecera de la cama. Él y sus hijos no leían libros, no asistían a espectáculos teatrales; bastante trabajo tenían luchando con la miseria. Mi abuelo, Francesc Jornet, era un médico bastante conocido en Hospitalet del Llobregat. Ocupó cargos en un partido de derechas, y los rojos lo mataron justo al empezar la guerra de 1936. Leía, pero no quiso dar ningún tipo de educación seria a sus hijas. Mi padre, Pere, odiaba labrar, abandonó su tierra y se convirtió en contable. Casándose, mi madre, Concepció, bajó en el escalafón social. Alquilaron un piso minúsculo en Barcelona, en la Ronda de San Antoni, y allí nacimos mi hermana Núria y yo.

En casa había pocos, contadísimos, libros. No íbamos al teatro. Sin embargo, en cuanto aprendí a leer (me costó, era muy torpe), los libros se convirtieron en mi pasión. Entre pedir que me regalaran un juguete o un libro (no había medios para las dos cosas), prefería un libro. Mis tíos de Gironella, donde pasaba los veranos, tenían una biblioteca, a mis ojos, abundante y atractiva, del tiempo de la República, y allí leí cosas en catalán. En Barcelona leía novelas "de a duro" en castellano; mis clásicos fueron Alf Manz (policías y ladrones ), Josep Mallorquí (del Oeste), George H. White (ciencia-ficción) y Marisa Villardefrancos (sentimental). Pero también leí, por ejemplo, Julio Verne y Karl May. Apenas pasaba de eso. Un par de veces actué en funciones teatrales del colegio, los Escolapios de San Anton. A los quince o dieciséis años ingresé, con gran pasión, en el cuadro escénico juvenil de la parroquia del Carme.

Siempre quise ser escritor. Quería ser escritor como quien quiere ser astronauta, sabiendo que era mentira, que nunca lo sería. Ojo, durante un tiempo, el modelo de artista con el que soñaba era el escritor de consumo. Las novelas de Graham Greene me parecían muy espesas. Yo era un chico de barrio, mal adaptado al barrio, pero sin nadie que me diera otros referentes. Pusilánime, sin ninguna confianza en mí mismo y, mucho menos, en mi capacidad intelectual, con unos padres preocupados por mi ineptitud ...; pero escribía y sabía que nunca dejaría de escribir, primero novelas y después teatro, os podéis imaginar qué clase de textos. No me hacía ilusiones, tenía claro que no estaba escribiendo nada bueno y que nunca lo escribiría, pero escribir era un vicio, y la conciencia de ese vicio, reprobado por la familia, pero inevitable, se confunde con el origen de la conciencia de la sexualidad, otro vicio reprobado entonces por la sociedad, pero también inevitable.

Durante la miseria de la posguerra mi madre se refugiaba en una religiosidad sin fisuras y mi padre en las muchachas que iban a bailar los jueves en el Price. Mi hermana era abierta y simpática, yo tímido y arisco. Mi constante distracción, durante años, fueron los tebeos (los libros llegaban con cuentagotas, uno cada cinco o seis meses), y yo mismo, con cualquier papel, normalmente con los que envolvían los comestibles en el mercado, fabricaba mis propios tebeos, colecciones enteras, incluyendo texto y dibujos. En casa se pensaban que me gustaba dibujar y que tenía buena mano (mentira), y no daban importancia al hecho de que mis dibujos siempre fueran acompañados de argumento. Aquellos tebeos torpes, imagen y diálogo, eran el puente hacia el teatro. Pero ¿por qué el teatro? No lo entiendo, es un misterio: el origen de esta manía me resulta incomprensible. Con sacrificios (siempre me lo recordaban), mi padre quería que llegara donde él no había podido llegar, que estudiara peritaje industrial, y mi madre quería devolverme al lugar que a través del suyo me pertenecía, otra condición social: "Nosotros no somos gentecilla", decía siempre. Fue un desastre. Me saltaba las clases, me escapaba a la Biblioteca de Cataluña y me evadía de responsabilidades leyendo autores nuevos, diferentes, un poco más allá del puro consumo. Tenía el instinto de romper mi propio techo de intereses, y lo hacía a tientas; sin nadie que me guiara y que me dijera que quizás no lo hacía mal. Ya mocito, con dieciocho años me parece, al acabarse unas vacaciones de Navidad, dije en casa que no volvía a la Escuela Industrial, donde iba repitiendo cursos, y que me pusieran a trabajar. Mi padre, generoso, desesperado, me preguntó qué quería hacer en la vida. No me esperaba la pregunta pero, por repentino instinto, dije que Filosofía y Letras. Y acabaron de pagarme el bachillerato (sólo había hecho cuatro cursos) y luego la carrera de Filosofía y Letras. Sigue leyendo...

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