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Joan-Daniel Bezsonoff

El busto de Janus

Lluís Muntada

Es probable que la autobiografía sea un género imposible, compasivamente disculpado por el reconocimiento de las propias limitaciones humanas. Escribir sobre uno mismo? No pueden percibirse el fondo y la figura a la vez. Aunque muchos ilustrados despóticos lo practiquen, no es muy escrupuloso ser juez y parte en el mismo juicio. Actor y espectador en un único latido? El género autobiográfico puede ser una mentira piadosa, divertido en sus tentaciones exculpadoras más caricaturescas (Benvenuto Cellini), elegante en las plasmaciones más bellas (Josep Maria de Sagarra, Josep Pla, Marià Manent, Gaziel, María Zambrano...), vigoroso en sus formas menos insinceras (Wittgenstein, Anna Frank, Varlam Shalámov...), incluso parcialmente verídico en sus materializaciones más impostadas (Borges, Aurora Betrana...). El problema de algunas autobiografías es, como siempre, de raíz literaria. O sea, estética. O sea, moral: no disponer de suficiente temple imaginativo para tonificar una vida que se considera consumida, o recurrir a la inflación imaginativa para intentar magnificar de forma postiza los propios avatares, o utilizar indecentes juegos de manos narrativos rompiendo la harmonía entre voz y credibilidad. Y por si todas estas prevenciones cautelares fueran pocas para levantar sospechas sobre la autobiografía, al final resulta que hasta cierto punto es inevitable huir del género autobiográfico, pues toda modulación ficticia emana también del yo del autor. «Madame Bobary, c'est moi», confesa Gustave Flaubert. Ceñida a un tiempo físico, Una educació francesa no se deja aniquilar por el empirismo expositivo ni estira más el brazo que la manga, sino que prodiga todas las potencias de una imaginación equilibrada, que revela la fuerza de un universo de orden mental, hecho de lecturas, sensibilidades, introspecciones, reelaboraciones y capas freáticas del yo.



Contra las fronteras que impone la ignorancia

Este libro nace gracias a la sagacidad de un editor que supo localizar las potencialidades de una obra que de alguna forma preexistía ya en el vigor narrativo de Bezsonoff y en su particular camino vital. Josep Maria Muñoz descubrió el filón literario de la crónica de infancia y juventud de uno de los grandes nombres de la literatura catalana actual. El resultado es este libro, un contrapunto que rompe con el horizonte hispánico enriqueciendo el friso de nuestra literatura y acercándonos a unas formas de vida desconocidas por la mayoría del resto de ciudadanos de los territorios de habla catalana. Ha sido una conquista importante, ya que la ignorancia es otro blindaje de estas fronteras físicas custodiadas por gendarmes y policías, o con garitas engañosamente deshabitadas para escenificar la mentira de que en la Europa política refundada por los grandes estados-imperios las fronteras son cosa del pasado. Lubrificar y ampliar los circuitos del repertorio lingüístico y temático de nuestra literatura ha sido otra de las proezas de este libro. Se ha dado otro paso contra la nada. Poder conjuntar, por ejemplo, entre otros muchos autores, las lecturas de Bezsonoff, Joan-Lluís Lluís, Caterina Pascual, Jordi Puntí, Josep Maria Fonalleras, Biel Mesquida, Francesc Serés, Jordi Llavina o Salvador Company, provoca una reacción agridulce: constatar, por un lado, la magnífica plasticidad de la lengua y, por otro, la lastimosa obturación de los mecanismos interlectales. Sigue leyendo...

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