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[...]Se podría deducir, también, de las coincidencias estilísticas que hemos señalado más arriba, que Bartra era hijo del novecentismo, y eso aún sería más falso: ni las coincidencias con Carner (en el plano idiomático, en la elección de ciertos temas) ni las más sorprendentes con un postnovecentista como Riba (fascinados ambos por Homero y Grecia, Bartra siguió las enseñanzas de Riba en métrica clásica) no justifican este parentesco. La filosofía "agonal" que propone Bartra está bien lejos del clasicismo lúdico y aristocrático del novecentismo. Si en éste había un idealismo escéptico, una visión metafísica de la vida, en Bartra encontramos un materialismo epicúreo, una concepción existencial. Para el novecentismo, en el fondo, la lucha era una Kulturkampf, mientras que para Bartra "la lucha por la cultura" no se puede separar de un compromiso con los hombres de su tiempo en aras de su liberación. En resumen, si el novecentismo era apolíneo -en oposición al modernismo y a Maragall, que eran prevalentemente dionisíacos-, encontramos en Bartra un intento de síntesis: la fidelidad simultánea al aristocraticismo apolíneo y a la revuelta dionisíaca. [...]

Francesc Vallverdú, "Introducció a la poesía de Agustí Bartra", prólogo a Agustí Bartra, Obra poètica completa I: 1938-1972. (Barcelona, Edicions 62, 1971)

[...] Agustí Bartra pertenece a un tipo de poeta que nuestra literatura no ha producido más que con remarcable avaricia. Un tipo de poeta abiertamente romántico, ligado por un vínculo insoslayable de raíz ética con la doliente humanidad a la que pertenece, y que Joan Fuster acertadamente calificó de humanista, en el sentido más moderno y menos académico de la palabra. Bartra se sentía, sin histrionismos, hermano de todos y cada uno de los hombres, del hombre concreto de su tiempo. "Este hombre concreto -lo saben todos los humanistas actuales- es un hombre que ha sufrido, un hombre que sufre, situado entre el odio y el miedo, aquí, con nosotros y en nosotros. Bartra se pone de su lado; más aún: él mismo se sentía ese hombre. Acepta su condición herida, como hacen los otros humanistas angustiados, con los cuales comparte el impulso trágico" escribía Fuster en 1955, en un intento especialmente logrado de analizar la manera de hacer y de ser de Bartra. Para verificar el acierto de estas palabras sólo hará falta sacar a colación, por ejemplo, la siguiente confesión del mismo Bartra: "Antes de la guerra yo no existía como poeta. Nazco con la guerra, en una situación límite. Mis primeros poemas salen de la tragedia que me rodea y de la que formo parte." El poeta Agustí Bartra surge con la guerra porque era un hombre nacido para el fuego y no para el juego, o para decirlo con la terminología que Fuster toma prestada de André Rousseaux, era un hombre destinado a la literatura de la salvación más que a la literatura de la dicha. [...]

Miquel Desclot, "Introducció: Una guia de lectura", prólogo en Agustí Bartra, Obra poètica completa II: 1972-1982. (Barcelona, Edicions 62, 1983)

[...] El fenómeno Bartra en el campo de la estética es un fenómeno paralelo al de Joaquim Torres-Garcia, que se da a caballo entre Uruguay y Barcelona, excelente teórico del arte, pintor del novecentismo, pero también del vanguardismo, que, en un momento determinado, también sintió la necesidad de reinventar toda la pintura. Torres-Garcia y Bartra reinventan sus lenguajes expresivos tanto para su país de origen como para el que los acoge. La generosidad de Bartra hacia el gran país que le abrió sus puertas hace que le dedique, en un gran acto de amor, alguna de sus mejores aportaciones para explicárselo a él mismo, pero también, para explicárselo a los mismos mexicanos [...] Sigue leyendo...

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